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Una ética del renunciamiento

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Luis Antonio de Villena, Hymnica (1979) Quedan atrás los incendios y el desorden del saqueo, la plata por las calles, los cuadros destrozados, las muertes inútiles y cruentas, como siempre. La festiva Roma que ahora (y por largo tiempo) será una ciudad severa, inquisitorial, bajo la norma de una fe española. Delante estarán, quizá, los brazos bien dispuestos de Venecia. El clérigo español que se divertía por las calles alegres de Roma, que se sintió vivir en brazos de mujeres mercenarias, que escogió los vinos de sus cenas, dilapidó fortuna entre libros, doncellas ‒cosidas‒ y amancebados garzones, el que padeció sífilis y amor, y leyó el viejo latín y los latines nuevos, el autor de La Lozana Andaluza , obra del triunfo de la vida (que para publicarse ahora necesitaría un epílogo moral, lleno de cruces y detracciones), camino de la República de Venecia, piensa en sus compatriotas. A él poco se le ha perdido con esa gente, que cree en reglas de monasterio, desama lo h...

En la montaña

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Carlos Montemayor, Los poemas de Tsin Pau (2007) El invierno quiere volver, lo siento aproximarse. Antes de que la nieve cubra la montaña decido visitar a mi amigo Lan Yu. La neblina surge desde el río. Llego al primer poblado poco después del amanecer. Una ligera llovizna se inclina sobre las chozas y el camino. Varios campesinos brotan y se esfuman en la densa niebla. Un soldado quiere saber a dónde me dirijo "A la aldea Kal-Tsu", le contesto. "Mi padre nació en esa comarca —confiesa—, está lejos. ¿Tienes urgencia de ir o estás loco?" "Estoy loco y quiero visitar a mi amigo. Por combatir en varias guerras contraje ambas cosas". El soldado se esfuma en el camino. Al cabo de varias horas decido detenerme a comer un poco. La niebla queda abajo, en el valle, ocultando el lejano río, los bosques: a la distancia, quieta a mis pies, semeja un inmenso lago de aguas blancas y poderosas. Un halcón atraviesa el cielo sin agitar las alas, co...

Brummel

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Guillermo Carnero, Dibujo de la muerte (1967) Miraba pasar bajo su ventana los landós  [1] amarillos, las muchachas de grandes ojos azules y rizadas pestañas, oculta la carita de almendra tras las reidoras guirnaldas de la sombrilla. Hasta se dice que de vez en cuando se ponía la vieja redingote bleue  [ 2] y dejaba caer una nubecilla de esencia en la marchita flor de la solapa. No, hubiera sido conceder demasiado a aquellos necios usureros y sátrapas [3] el presentarse sin el crisantemo a las soirées íntimas, explicar la "manía italiana" de Stendhal [4] al apolillado corsé de la duquesa, à cette sale rosse de bourgeois [ 5].                                                      Y sin embargo, qué poca cosa necesitó para morir, algunas carretadas de agavanzos [6] y rosas, un amplísimo diván de pluma, recubierta de terciopelo ve...

Muerte de Ziryab*

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Fernando Quiñones, Ben Jaqan (1973) Ahora blanqueará este Pájaro Negro que os trajo la nueva vieja música, las artes de la ropa, la mesa, amables pautas en la insensible lepra de los días. Adiós. Nadie ha de lamentarlo: dos mil años, no ya sesenta y ocho, también me hubieran sido breves entre vosotros y me voy sin llegar a medir ni agradecer cuanto aquí se me deparara, el exaltado o apacible rielar de horas más vivas que el turquí junto al blanco del pichón o que el ciego, vedado beso que enajena y consume la piel donde se ahínca. Hay algo, sin embargo que, sobre la justicia de que no llegue a ver el día de mañana, grita, se desespera y pugna por borraros y por borrar cuanto me disteis y os di, y mirarme otra vez huyendo de Bagdad sin saber para dónde, o incluso antes, en la hambrienta niñez y las arenas gastadas de mi pueblo. Tal, el desatinado, el descortés, risible anhelo de seguir que me posee. Perdón en fin por tan llorosa, más bien tosca despedida del...

Manuscrito de Tlatelolco: I Lectura de los "Cantares mexicanos"

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José Emilio Pacheco, No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) (Con los textos traducidos del náhuatl por Ángel María Garibay y Miguel León Portilla) Cuando todos se hallaban reunidos, los hombres en armas de guerra cerraron salidas, entradas y pasos. Entonces se oyó el estruendo, entonces se alzaron los gritos. Los maridos buscaban a sus mujeres. Llevaban en brazos a sus hijos pequeños. Con perfidia fueron muertos. Sin saberlo murieron. Y el olor de la sangre manchaba el aire. Y los padres y madres alzaban el llanto. Fueron llorados. Se lloró por los muertos. Los mexicanos estaban muy temerosos. Miedo y vergüenza los dominaban. Y todo esto pasó con nosotros. Con esta lamentable y triste suerte nos vimos angustiados. En los caminos yacen dardos rotos. Las casas están destechadas. Enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por las calles y plazas. Golpeamos los muros de adobe y es nuestra herencia una red de agujeros...

Día de 1927: estampa invernal

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José María Álvarez, Museo de cera (1989) " Esos reyes poderosos que vemos por escripturas ya pasadas " JORGE MANRIQUE  " El derrumbamiento de algo tan grande debió haber producido mayor conmoción " WILLIAM SHAKESPEARE " Es deuda general, no sólo mía, más de cualquier ingenio peregrino que celebra lo digno de memoria " GARCILASO DE LA VEGA A Inmaculada de Habsburgo Fue -dicen- un día frío, desapacible. Las filas de soldados formaban hacía horas bajo el viento cubriendo la carrera de Laeken. Cuando las puertas del castillo de Bouchot se abrieron, en la helada solemnidad de los antiguos árboles, lentamente avanzó un fúnebre cortejo.               Soldado alguno de aquellas formaciones recordaban la historia de la dama a quien rendían honores en la muerte. Y el último latido de los viejos Imperios, Miramar, el destino que llevara a tan alta señora y a Maximiliano más allá de los mares, ni siquiera...

Fragmentos de una tablilla de barro descifrada por Edmund Bishop en 1867

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Jorge Luis Borges, Los conjurados (1985) ... Es la hora sin sombra. Melkart el Dios rige desde la cumbre del mediodía el mar de Cartago. Aníbal es la espada de Melkart. Las tres fanegas de anillos de oro de los romanos que perecieron en Apulia, seis veces mil, han arribado al puerto. Cuando el otoño esté en los racimos habré dictado el verso final. Alabado sea Baal, Dios de los muchos cielos, alabada sea Tanith, la cara de Baal, que dieron la victoria a Cartago y que me hicieron heredar la vasta lengua púnica, que será la lengua del orbe, y cuyos caracteres son talismánicos. No he muerto en la batalla como mis hijos, que fueron capitanes en la batalla y que no enterraré, pero a lo largo de las noches he labrado el cantar de las dos guerras y de la exultación. Nuestro es el mar. ¿Qué saben los romanos del mar? Tiemblan los mármoles de Roma; han oído el rumor de los elefantes de guerra. Al fin de quebrantados convenios y de mentirosas palabras, hemos...