Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como poeta

Constantino Cavafis

Imagen
Ramón Irigoyen, Cielos e inviernos (1979) Alejandría es un bazar alegre de lujuria pero también Cavafis tiene que trabajar veis la desgana con que marcha al Ministerio pero ya ha terminado la jornada reparad ahora en sus andares al volver del trabajo casi trota y una sonrisa se insinúa en su rostro el aire es un alivio de jazmines los muchachos huelen a sol como la tarde sabe a frutas y el Poeta se acuerda de unos ojos (μή μοῡ φιλᾶς τ ἁ  μ ἀ τια, ποῡ εἶναι χωρισμός) de unos ojos amigos de la noche más azules que el lago Mareotis ojos maravillosos de muchacho amado en las arenas de un  verano lejano y al recordarlos siente sed y entra en el café de al lado y al sentarse en la mesa de todos los días oye los ruiseñores inmortales de Heráclito y Calímaco le invita a un zumo de naranja y el Poeta le habla de los amores grasientos de los burdeles y ahora hasta el zumbido de las moscas es música y el Poeta baila borracho hasta la madrugada porque m...

Clérigo vagante

Imagen
Luis Antonio de Villena, El viaje a Bizancio (1972-1974) Andando entre la nieve de góticos aromas, por los largos caminos de la ancha Europa, entre catedrales y villas de sombra alargada, va un hombre mal vestido, de mirada profunda. Ha leído a Ovidio, latines y bestiarios. Bebido tal vez de todos los vinos de la tierra. Fornicado y amado en tabernas y burdeles con mujeres sin historia y damas de leyenda. Sabe que la vida es sólo un extraño hilván de cosas inconexas: placeres y dolores, ebriedad y miseria, libros y oro. No hay final o el final nadie lo sabe. Andando entre la nieve, feliz y beodo, acaso echado fuera de una casa noble, masca versos latinos, camino de ninguna parte el viejo Archipoeta, clérigo en Colonia. Homo videt faciem, sed cor patet Iovi. No hay final o el final nadie lo sabe Het Luilekkerland (1567), Pieter Brueghel El viejo

Arte Poética*

Imagen
Fernando Quiñones, Las crónicas inglesas (1980) Una noche, el viejo Caedmón, aquel que siempre se avergonzaba y rechazaba el arpa, al llegarle su turno de cantar, dejó la mesa, se fue a dormir a los establos para cuidar de las caballerías y en su sueño le dijo un hombre: "Cántame alguna cosa" "No sé cantar, por eso vine aquí" "Cantarás − le instó el otro − voy a decirte qué: el origen del mundo" Caedmón cantó y no sabía qué iba diciendo, nunca oyera hablar de aquello que nombraba, pero cantó y cantó entre el áspero olor de los caballos y el vaho acuchillado por el frío, y al despertar recordó el tema: la creación del mundo. Nunca llegó a leer. Los monjes de Hild le referían pasajes de los libros antiguos y Caedmón los rumiaba como un limpio animal y los hacía verso. Cantó así la venida del hombre, miles de nacimientos, de agonías, las migraciones, el Mar Rojo, hasta Cristo y sus enseñanzas antes de que la Iglesia las ajase. Así ...