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Doña Marina

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José Emilio Pacheco, Islas a la deriva (1975) Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, los náufragos hicieron vida con la tribu, aprendieron la lengua maya. Gonzalo tuvo mujer, engendró hijos. Aguilar exorcizó todo contacto, rezo el rosario para ahuyentar las tentaciones. Llegó Cortés y supo de los náufragos. Gonzalo renunció a España y peleó como maya entre los mayas. Jerónimo se incorporó a los invasores. Sabía la lengua, pudo entenderse con Malinche, que hablaba maya también y mexicano. A estos traductores debemos en gran parte la conquista y colonia, el mestizaje, el enredo llamado México, la pugna de indigenismo e hispanismo. José Clemente Orozco, Cortés y La Malinche (1926)

Manuscrito de Tlatelolco: I Lectura de los "Cantares mexicanos"

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José Emilio Pacheco, No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) (Con los textos traducidos del náhuatl por Ángel María Garibay y Miguel León Portilla) Cuando todos se hallaban reunidos, los hombres en armas de guerra cerraron salidas, entradas y pasos. Entonces se oyó el estruendo, entonces se alzaron los gritos. Los maridos buscaban a sus mujeres. Llevaban en brazos a sus hijos pequeños. Con perfidia fueron muertos. Sin saberlo murieron. Y el olor de la sangre manchaba el aire. Y los padres y madres alzaban el llanto. Fueron llorados. Se lloró por los muertos. Los mexicanos estaban muy temerosos. Miedo y vergüenza los dominaban. Y todo esto pasó con nosotros. Con esta lamentable y triste suerte nos vimos angustiados. En los caminos yacen dardos rotos. Las casas están destechadas. Enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por las calles y plazas. Golpeamos los muros de adobe y es nuestra herencia una red de agujeros...

El padre Las Casas lee a Isaías, XIII

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José Emilio Pacheco, Islas a la deriva (1976) Estruendo de multitud en los montes, como de mucho pueblo. Y traen los instrumentos de su furor para borrar del suelo a los opresores. Y los castigarán por su iniquidad y harán que cese la arrogancia de los soberbios. Y ya nadie se ocupará de la plata ni seguirá codiciando el oro. Félix Parra, Fray Bartolomé de las Casas (1876)