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Muerte de Ziryab*

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Fernando Quiñones, Ben Jaqan (1973) Ahora blanqueará este Pájaro Negro que os trajo la nueva vieja música, las artes de la ropa, la mesa, amables pautas en la insensible lepra de los días. Adiós. Nadie ha de lamentarlo: dos mil años, no ya sesenta y ocho, también me hubieran sido breves entre vosotros y me voy sin llegar a medir ni agradecer cuanto aquí se me deparara, el exaltado o apacible rielar de horas más vivas que el turquí junto al blanco del pichón o que el ciego, vedado beso que enajena y consume la piel donde se ahínca. Hay algo, sin embargo que, sobre la justicia de que no llegue a ver el día de mañana, grita, se desespera y pugna por borraros y por borrar cuanto me disteis y os di, y mirarme otra vez huyendo de Bagdad sin saber para dónde, o incluso antes, en la hambrienta niñez y las arenas gastadas de mi pueblo. Tal, el desatinado, el descortés, risible anhelo de seguir que me posee. Perdón en fin por tan llorosa, más bien tosca despedida del...

El Altísimo Juan Sforza compone unos loores a su dama mientras César Borgia marcha sobre Pésaro

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Guillermo Carnero, Dibujo de la muerte (1967) La gama de los grises y de los rosas pálidos sosiega en la penumbra nuestro ojos, que han visto tanta muerte. Culebrinas, arietes, pavos reales, fuegos de artificio acarician los muros. Entre las arpas gira un contenido vendaval de amor. Eternamente jóvenes, esos cuerpos de niños o de diosas no en el jardín, no expuestos al fuego y a la nieve y al hierro de la lanza, sino cálidamente abrigados aquí, en el delgado aroma del marfil, no devueltos al ciclo, a la vorágine de lo que vive y muere. No en el aire que sacude la pólvora sino en esta penumbra, entre un rescoldo helado de rubíes. Máscaras no corrompen el finísimo brillo de las carnes de mármol. Eternamente       jóvenes, eternamente vivos, eternamente vivos como en el primer día      debajo de la máscara, y ni fuego ni muerte ni curso de las horas habitarán jamás este salón. Sandro Botticelli, La calunnia (1494)

Digamos que Ámsterdam, 1943

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José Emilio Pacheco, No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) El agua vuelve al agua. Qué inclemente caer de lluvia sobre los canales en la mañana inerme. Y a lo lejos un silbato de fábrica. Entre sábanas, roto, envejeciendo está el periódico; la guerra continúa, la violencia incendia nuestros años. Bajo tu cuerpo y en tu sueño duermes. ¿Qué será de nosotros? ¿Cuándo y dónde segará nuestro amor el tajo, el fuego? Se escucha la respuesta: están subiendo. Me voy, no te despiertes: los verdugos han tocado a la puerta. Tavik Frantisek Simon, Viejas casas, Ámsterdam (1909)

Fausto, gladiador*

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Fernando Quiñones, Las crónicas de Hispania (1985) Supo calarme el hierro. Sin hablar, tal vez compasivos, junto a jergón donde yazgo hombres callados -¿quiénes?- me contemplan y, aunque enrojezca al muro el poniente de Córdoba me encuentro en mis mañanas de Alejandría, calles y arenas de la juventud, columnas en hilera bajo el mar soleado, seco salor caliente de las barcas. Todo el tiempo es un día , y de los breves. A treinticinco años llegué; duchos para el oficio de divertir matando, muriendo. Apenas veo ahora, crece el fuego de mi costado y se me aleja deprisa el mundo: agradezco estos dones; aquel Cerintho agonizó hasta el alba, no le acerté de lleno. Yo estoy corriendo más ligera suerte. *Córdoba ha dado numerosas inscripciones dedicadas a gladiadores. En el siglo I, el llamado Fausto fue gladiador murmillo, de los que combatían con casco adornado por un pez, y con espada, escudo y defensas en las piernas. Natural de Alejandría, peleó en las arenas do...

Constantinopla. Año 1453

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Juan Luis Panero, Galería de fantasmas (1988) Olor acre de axilas depiladas, de perfume pasado de rosas, de estiércol pisoteado de caballos. Sé, me lo han contado, que las murallas de la ciudad ya no pueden resistir al infiel. Todas las defensas han fracasado. El pobre emperador, nuestro bien amado Constantino XI, intenta inútilmente salvar la ciudad de su nombre, pactar con el enemigo, firmar desesperados tratados de paz. Pero todo, lo sé, es completamente inútil. Escucho griterío de mujeres, carreras enloquecidas, golpes de puertas, aullidos de la soldadesca, mandobles y agonías, eructos de borrachos. Aún podría escapar, ocultarme en el húmedo sótano disimulado, como aquella otra vez. Pero ahora todo está perdido. Sé bien que esto es el fin. Salgo a la calle, maldiciones, estruendo, sollozos, humo pestilente. En la hoja, con gotas de sangre, de un alfanje afilado, miro, tercamente, por última vez, el rostro de este pobre pecador abandonado. Entrée d...