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Brummel

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Guillermo Carnero, Dibujo de la muerte (1967) Miraba pasar bajo su ventana los landós  [1] amarillos, las muchachas de grandes ojos azules y rizadas pestañas, oculta la carita de almendra tras las reidoras guirnaldas de la sombrilla. Hasta se dice que de vez en cuando se ponía la vieja redingote bleue  [ 2] y dejaba caer una nubecilla de esencia en la marchita flor de la solapa. No, hubiera sido conceder demasiado a aquellos necios usureros y sátrapas [3] el presentarse sin el crisantemo a las soirées íntimas, explicar la "manía italiana" de Stendhal [4] al apolillado corsé de la duquesa, à cette sale rosse de bourgeois [ 5].                                                      Y sin embargo, qué poca cosa necesitó para morir, algunas carretadas de agavanzos [6] y rosas, un amplísimo diván de pluma, recubierta de terciopelo ve...

Bacanales en Rímini para olvidar a Isotta

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Guillermo Carnero, Dibujo de la muerte (1967) En unas pocas horas puede el vino, en la dulce demencia del festín, y las arpas, laúdes, las delicadas sedas, aplacar el amor, como la cólera. ¿Qué queda como presa a la vejez, qué peor enemigo que este arte de conservar la vida? El brillo de los mármoles labrados no ocultará tu muerte. No seremos dentro de poco ya, ni estos dorados cortinajes, las vívidas hogueras, el carmesí arrugado tras la danza ni el líquido destello de las gemas en los rubios cabellos, tras el baño. Proclaman en el llano azul los fresnos el baño de las ninfas. Un tropel de centauros te cerca. Todos estos brillantes candeleros y telas han de prevalecer sobre nosotros, quizá será la muerte la única certeza que nos ha sido dado alzar sobre la tierra, escuchad cómo rasga una hoja lentísima los tapices del palio, cómo se desvanecen esos versos unidos a la música, cómo la proa del     Buccentoro, sumergiendo en el agua los flecos amarillos, s...

Ziryâb. El mágico cantor de Oriente (fragmento)

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Sergio Macías Brevis, Ziryâb. El mágico cantor de Oriente (2010) Las aguas del Tigris deslumbran de luz. Un aroma de azahares cubre el antiguo paisaje iluminado de mariposas que se equilibran sobre las flores. Entre higueras y naranjos un músico tañe las cuerdas que desatan la alegría de los pájaros sobre el alféizar del horizonte. Los sonidos del laúd y la dulzura de su voz silencian el ritmo de los arroyos que hacen danzar a hojas y nubes. Se llama Abu I-Hasan el que esculpe la música en el corazón, mientras los rayos del sol atraviesan las soledades de las uvas. Se silencian las cigarras. Las alas de la luz disipan las sombras de la muerte. Y las almas se embriagan con sus canciones cristalinas. Con la llamada del muecín queda absorto en la oración. Escucha la voz profunda de Allah: -Premio tu voz y perseverancia. Tus melodías trascenderán y darán armonía al mundo.- Pensó que había sido un sueño y guardó el mágico secreto en su alma, dejando caer conmovid...

74 AC. Marcio vuelve de la Caleta en Gades

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Fernando Quiñones, Las crónicas de Hispania (1985) No te engañes pensando que a un costoso precio de vejez torpe y forzadas templanzas vivirás otros días en que el mundo se te aparezca algo más firme, cosa estable, tocada de sentido. No. Ahora y para siempre confórmate sólo con su hermosura caediza como la de los rostros, las espumas y cuerpos, la luz del mar y la de esta tarde de verano que dejas y te deja. Sir Lawrence Alma-Tadema, An eloquent silence (1890)

El Cardenal Bembo escribe a Lucrecia Borgia

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Luis Antonio de Villena, Sublime solarium (1971) Carpe diem quam minimam credula postero HORACIO Chi vuol esser lieto sia: di doman non c'è certezza LORENZO DE MEDICI Tormenta de rubí, cristal o seno, una diosa atraviesa el ancho espacio, y siente el labio aromas de topacio, cortinas luengas, dulce desenfreno. Combatir no es posible el viento pleno que del desierto trae raudo o despacio, la arena o rosas que con paso lacio el collar cumple al final de tu veneno. Acepta, pues, y omite la costumbre, estatua juzga el resto de tus días y el jade de tus labios da a la lumbre. No pienses en más islas apacibles, la copa y los perfumes en que fías todo ya es. Lo demás son imposibles. Frank Cadogan Cowper, Vanity (1907)

El Altísimo Juan Sforza compone unos loores a su dama mientras César Borgia marcha sobre Pésaro

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Guillermo Carnero, Dibujo de la muerte (1967) La gama de los grises y de los rosas pálidos sosiega en la penumbra nuestro ojos, que han visto tanta muerte. Culebrinas, arietes, pavos reales, fuegos de artificio acarician los muros. Entre las arpas gira un contenido vendaval de amor. Eternamente jóvenes, esos cuerpos de niños o de diosas no en el jardín, no expuestos al fuego y a la nieve y al hierro de la lanza, sino cálidamente abrigados aquí, en el delgado aroma del marfil, no devueltos al ciclo, a la vorágine de lo que vive y muere. No en el aire que sacude la pólvora sino en esta penumbra, entre un rescoldo helado de rubíes. Máscaras no corrompen el finísimo brillo de las carnes de mármol. Eternamente       jóvenes, eternamente vivos, eternamente vivos como en el primer día      debajo de la máscara, y ni fuego ni muerte ni curso de las horas habitarán jamás este salón. Sandro Botticelli, La calunnia (1494)