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Doña Marina

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José Emilio Pacheco, Islas a la deriva (1975) Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, los náufragos hicieron vida con la tribu, aprendieron la lengua maya. Gonzalo tuvo mujer, engendró hijos. Aguilar exorcizó todo contacto, rezo el rosario para ahuyentar las tentaciones. Llegó Cortés y supo de los náufragos. Gonzalo renunció a España y peleó como maya entre los mayas. Jerónimo se incorporó a los invasores. Sabía la lengua, pudo entenderse con Malinche, que hablaba maya también y mexicano. A estos traductores debemos en gran parte la conquista y colonia, el mestizaje, el enredo llamado México, la pugna de indigenismo e hispanismo. José Clemente Orozco, Cortés y La Malinche (1926)

El anciano Constantino de Alejandría recoge las cenizas de su juventud

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Juan Vicente Piqueras en Márgenes 1-2 (1980) " cuando los labios y la piel recuerdan " A esta ciudad de Istanbul inmensa como la gloria que conocieron sus muros, hermosa como la juventud que contemplé y me contemplaron, a este bar -precisamente a éste-, a este vino, acudo ciegamente a remover mi herida, palabras y penumbras donde falta el consuelo, palabras y penumbras solas y entristecidas. Solo, a esta mesa desvencijada y sucia acuden los destellos lujuriosos que otras manos de luz en mi piel concertaron, para que en esta noche me sea dado amarlas y sentir en mi carne, ya marchita, la ausencia de mi vida y de su tacto que la moral cristiana condenara. Me duele el pensamiento. Me vence la verdad. Y me ocupa el dolor por los días perdidos, mientras el mar respira a través de mis manos. En este bar pequeño de esta inmensa Istanbul para acabar mis días lanzo un ruego a los dioses: Ya que mi cuerpo ha sido, cuando joven y hermoso, olvidadizo, inepto,...

Alejandría, 641 AD*

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Jorge Luis Borges, La historia de la noche (1977) Desde el primer Adán que vio la noche y el día y la figura de su mano, fabularon los hombres y fijaron en piedra o en metal o en pergamino cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño. Aquí está su labor: la Biblioteca. Dicen que los volúmenes que abarca dejan atrás la cifra de los astros o de las arenas del desierto. El hombre que quisiera agotarla perdería la razón y los ojos temerarios. Aquí la gran memoria de los siglos que fueron, las espadas y los héroes, los lacónicos símbolos del álgebra, el saber que sondea los planetas que rigen el destino, las virtudes de hierbas y marfiles talismánicos, el verso en que perdura la caricia, la ciencia que descifra el solitario laberinto de Dios, la teología, la alquimia que en el barro busca el oro y las figuraciones del idólatra. Declaran los infieles que si ardiera, ardería la historia. Se equivocan. Las vigilias humanas engendraron los infinitos libros. Si de todos n...

Peligroso

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Jesús Aguado en  Litoral. Revista de la Poesía y el Pensamiento   no. 221-222. Cavafis  (1999) A muchos el estudio y la contemplación les vuelve débiles −soldados que se apoyan en sus lanzas para andar y no piensan ya nunca en el combate−, sin resistencia −cráteras en mil pedazos rotas por el simple portazo de un amante furioso−, fanáticos −se ahogan porque olvidan que el barco tiene velas y remos y un timón, y no sienten el viento, el oleaje, la voz de las estrellas gritándoles el rumbo−, monstruosos −son hidras de múltiples cabezas peligrosas en un cuerpo que sólo las sirve de soporte−, inútiles −anegan las viñas que debían regar−, injustos −son balanzas amañadas en días de mercado−, ciegos −si miran, sólo lo hacen con los ojos−. A muchos el estudio y la contemplación les hace analfabetos y les mustia los lotos de la carne. Pero no a mí, que sé −y es lo primero que aprendí− los saltos que hay que dar del placer a la sabiduría, qué abismos lo...