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Mostrando las entradas etiquetadas como Antigüedad

Fragmentos de una tablilla de barro descifrada por Edmund Bishop en 1867

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Jorge Luis Borges, Los conjurados (1985) ... Es la hora sin sombra. Melkart el Dios rige desde la cumbre del mediodía el mar de Cartago. Aníbal es la espada de Melkart. Las tres fanegas de anillos de oro de los romanos que perecieron en Apulia, seis veces mil, han arribado al puerto. Cuando el otoño esté en los racimos habré dictado el verso final. Alabado sea Baal, Dios de los muchos cielos, alabada sea Tanith, la cara de Baal, que dieron la victoria a Cartago y que me hicieron heredar la vasta lengua púnica, que será la lengua del orbe, y cuyos caracteres son talismánicos. No he muerto en la batalla como mis hijos, que fueron capitanes en la batalla y que no enterraré, pero a lo largo de las noches he labrado el cantar de las dos guerras y de la exultación. Nuestro es el mar. ¿Qué saben los romanos del mar? Tiemblan los mármoles de Roma; han oído el rumor de los elefantes de guerra. Al fin de quebrantados convenios y de mentirosas palabras, hemos...

Adolescentes apoyando el hombro en las columnas

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Luis Antonio de Villena, Desequilibrios (2003) Somos paganos. El dios ensangrentado no nos quiere. O quizá no nos quieren sus seguidores -tantos, en efecto- que son de hierro puro y en el corazón esgrimen púas y espadas... Los bellos dioses desnudos (pues trabajamos en las termas) son amigos de nuestras manos y muslos. Apolo de seda, de carmín Narciso, Jacinto de pies delicados... Buscan demoler sus estatuas y a veces (los del crucificado) nos insultan por la calle... ¿Por qué buscar más penitencia a la penitencia que en la vida habita? ¿Por qué cenizas si es tan dulce el mar? ¿Por qué contra el beso, si tan grato como el aura es besar a otro amigo? Aulo llevaba sandalias doradas y desnudas las piernas. Anoche lo dejaron malherido junto a la Puerta Salaria. ¿Qué haremos cuando reine su dios ensangrentado y duro? ¿Merecerá la vida nuestros ojos, esa tan pobre vida? ¿Y nuestros labios, los merecerá una vida sin cuerpos? Gustave Doré, Saint Paul à...

Vida ejemplar: Meleagro

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José María Álvarez, Museo de cera (1983) Como en un espejo, en su mirada se reflejan esos alegres cuerpos que bailan alrededor del fuego. Hace ya mucho que este hombre sabe que la vida carece de sentido, que más allá de cierto respeto por sí mismo y por algunos de los otros, poco importa. Algunos ratos de lectura, sí, esas narraciones de las hazañas de los grandes; y los versos de unos cuantos poetas verdaderos. Algunas horas de conversación con un amigo. Pero esos cuerpos, ah, esos cuerpos que bailan alrededor del fuego. Alegres, jóvenes, excitantes. Alguno de ellos ya se ha estremecido entre sus brazos. Y esa que baila y ríe, allí, sí, esa morenita... no debe tener más de quince años. Qué poema no daría por gozarla esta noche en su cama. Llama con un gesto al copero, y mientras disfruta con el vino generoso contempla el esplendor del firmamento, le sonríe a la Luna. Es imposible saber qué expresa ahora su mirada. Muchas veces me ha dicho: Ella ta...

74 AC. Marcio vuelve de la Caleta en Gades

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Fernando Quiñones, Las crónicas de Hispania (1985) No te engañes pensando que a un costoso precio de vejez torpe y forzadas templanzas vivirás otros días en que el mundo se te aparezca algo más firme, cosa estable, tocada de sentido. No. Ahora y para siempre confórmate sólo con su hermosura caediza como la de los rostros, las espumas y cuerpos, la luz del mar y la de esta tarde de verano que dejas y te deja. Sir Lawrence Alma-Tadema, An eloquent silence (1890)

[Antonio y Cleopatra]

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Juan Luis Panero, Antes que llegue la noche (1985) Mensaje de Antonio a Cleopatra I Alaben otros tu dormida belleza, la suavidad de tu piel en reposo, la medida perfección de tus miembros. Yo no he venido a eso, he venido tan solo a penetrarte por el pecho y por la espalda, como un puñal atraviesa el agua transparente y se hunde y se pierde en el pozo sombrío Mensaje de Cleopatra a Antonio II No alabes mi belleza, otros ya lo han hecho. Penétrame por el pecho y por la espalda, hazme sentir la vida en la cintura  y que, enlazados, tu cuerpo y el mío puedan detener la furia atroz del tiempo. Pero, si llega un día en el que el tiempo nos alcance, no te lamentes, estúpido borracho, y cae con valor -Cavafis ya lo ha escrito- a ese pozo sombrío. Sir John William Waterhouse, Cleopatra (1888)

El dios abandona a Antonio

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José María Álvarez, Museo de cera (1975) " Que ningún otro entusiasmo sino por la virtud y el arte  brille en mis ojos, y que dueño de él yo me regocije  con lira, baile y canto, y goce un corazón honrado en compañía de los hombres de bien ." Teognis Cuando de pronto a media noche oigas esa música que entierra tu fortuna,                                               y más allá de las murallas, las enseñas de Octavio, el acre olor de los conquistadores                                         -Pide a tu esclava más vino. Mira esa copa donde mañana él beberá, la ciudad que ha de glorificar su paso como antes el tuyo,                               ...

Fausto, gladiador*

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Fernando Quiñones, Las crónicas de Hispania (1985) Supo calarme el hierro. Sin hablar, tal vez compasivos, junto a jergón donde yazgo hombres callados -¿quiénes?- me contemplan y, aunque enrojezca al muro el poniente de Córdoba me encuentro en mis mañanas de Alejandría, calles y arenas de la juventud, columnas en hilera bajo el mar soleado, seco salor caliente de las barcas. Todo el tiempo es un día , y de los breves. A treinticinco años llegué; duchos para el oficio de divertir matando, muriendo. Apenas veo ahora, crece el fuego de mi costado y se me aleja deprisa el mundo: agradezco estos dones; aquel Cerintho agonizó hasta el alba, no le acerté de lleno. Yo estoy corriendo más ligera suerte. *Córdoba ha dado numerosas inscripciones dedicadas a gladiadores. En el siglo I, el llamado Fausto fue gladiador murmillo, de los que combatían con casco adornado por un pez, y con espada, escudo y defensas en las piernas. Natural de Alejandría, peleó en las arenas do...

Casa de un comerciante en Ultraiectum, siglo VII dC

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Guillermo Carnero, Poemas arqueológicos (2003) Vivo en un lodazal donde gruñen los cerdos y el humo ofende la quietud del aire. Fui una vez a Tréveris, y donde se cargaban las carretas camino de los hornos de cal recogí el torso alado de un dios ciego. Me ayuda a despreciar a esta mugrienta tribu de pastores: sueño que llegué al Sur y estuve en Roma. Sir Lawrence Alma-Tadema, Among the Ruins (1902-1904)

Amor en Agrigento

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Francisco Brines, Palabras a la oscuridad (1966) (Empédocles en Akragas) Es la hora del regreso de las cosas, cuando el campo y el mar se cubren de una sombra lenta y los templos se desvanecen, foscos, en el espacio; tiemblan mis pasos en esta isla misteriosa. Yo te recuerdo, con más hermosura tú que las divinidades que aquí fueron adoradas; con más espíritu tú, pues que vives. Hay una angustia en el corazón porque te ama, y estas viejas columnas nada explican: Unos ardientes ojos, cierta vez, miraron esta tierra y descubrieron orígenes diversos en las cosas, y advirtieron que espíritus opuestos los enlazaban para que hubiese cambio, y así explicar la vida. Esta tarde, con los ojos profundos, he descubierto la intimidad del mundo: Con sólo aquel principio, el que albergaba el pecho, extendí la mirada sobre el valle; mas pide el universo para existir el odio y el dolor, pues al mirar el movimiento creado de las cosas las vi que, en un momento, se extinguían, y...

Constantino Cavafis

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Ramón Irigoyen, Cielos e inviernos (1979) Alejandría es un bazar alegre de lujuria pero también Cavafis tiene que trabajar veis la desgana con que marcha al Ministerio pero ya ha terminado la jornada reparad ahora en sus andares al volver del trabajo casi trota y una sonrisa se insinúa en su rostro el aire es un alivio de jazmines los muchachos huelen a sol como la tarde sabe a frutas y el Poeta se acuerda de unos ojos (μή μοῡ φιλᾶς τ ἁ  μ ἀ τια, ποῡ εἶναι χωρισμός) de unos ojos amigos de la noche más azules que el lago Mareotis ojos maravillosos de muchacho amado en las arenas de un  verano lejano y al recordarlos siente sed y entra en el café de al lado y al sentarse en la mesa de todos los días oye los ruiseñores inmortales de Heráclito y Calímaco le invita a un zumo de naranja y el Poeta le habla de los amores grasientos de los burdeles y ahora hasta el zumbido de las moscas es música y el Poeta baila borracho hasta la madrugada porque m...

Invasión de los bárbaros

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José María Álvarez, La Edad de Oro (1983)  Pasaron los reinos que fundaron hombres que venían del mar. Y los templos son polvo. Reyes y sacerdotes, vencedores y esclavos, y sus Dioses, se confunden con el polvo. Pasaron los grandes emperadores  que tuvieron en su mano el mundo. Pompeyo y César, Augusto, y Tiberio y Nerón, y el magnífico Trajano y Marco Aurelio. Pasaron sus triunfos y derrotas y su gloria. Como el viento sobre las aguas. Y la ciudad olvidó. Así pasarán éstos que ahora asolan sus piedras, y pasarán sus hijos y nosotros que contra ellos nos levantamos. Los mismos pájaros roerán los huesos. Y la ciudad olvidará. Pero yo no quiero ver otro mundo. Mi alma pertenece al legado de Roma. Le Sac de Rome par les barbares en 410 (1890), Joseph-Noël Sylvestre.

Peligroso

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Jesús Aguado en  Litoral. Revista de la Poesía y el Pensamiento   no. 221-222. Cavafis  (1999) A muchos el estudio y la contemplación les vuelve débiles −soldados que se apoyan en sus lanzas para andar y no piensan ya nunca en el combate−, sin resistencia −cráteras en mil pedazos rotas por el simple portazo de un amante furioso−, fanáticos −se ahogan porque olvidan que el barco tiene velas y remos y un timón, y no sienten el viento, el oleaje, la voz de las estrellas gritándoles el rumbo−, monstruosos −son hidras de múltiples cabezas peligrosas en un cuerpo que sólo las sirve de soporte−, inútiles −anegan las viñas que debían regar−, injustos −son balanzas amañadas en días de mercado−, ciegos −si miran, sólo lo hacen con los ojos−. A muchos el estudio y la contemplación les hace analfabetos y les mustia los lotos de la carne. Pero no a mí, que sé −y es lo primero que aprendí− los saltos que hay que dar del placer a la sabiduría, qué abismos lo...