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Mostrando las entradas etiquetadas como Renacimiento

Una ética del renunciamiento

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Luis Antonio de Villena, Hymnica (1979) Quedan atrás los incendios y el desorden del saqueo, la plata por las calles, los cuadros destrozados, las muertes inútiles y cruentas, como siempre. La festiva Roma que ahora (y por largo tiempo) será una ciudad severa, inquisitorial, bajo la norma de una fe española. Delante estarán, quizá, los brazos bien dispuestos de Venecia. El clérigo español que se divertía por las calles alegres de Roma, que se sintió vivir en brazos de mujeres mercenarias, que escogió los vinos de sus cenas, dilapidó fortuna entre libros, doncellas ‒cosidas‒ y amancebados garzones, el que padeció sífilis y amor, y leyó el viejo latín y los latines nuevos, el autor de La Lozana Andaluza , obra del triunfo de la vida (que para publicarse ahora necesitaría un epílogo moral, lleno de cruces y detracciones), camino de la República de Venecia, piensa en sus compatriotas. A él poco se le ha perdido con esa gente, que cree en reglas de monasterio, desama lo h...

Bacanales en Rímini para olvidar a Isotta

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Guillermo Carnero, Dibujo de la muerte (1967) En unas pocas horas puede el vino, en la dulce demencia del festín, y las arpas, laúdes, las delicadas sedas, aplacar el amor, como la cólera. ¿Qué queda como presa a la vejez, qué peor enemigo que este arte de conservar la vida? El brillo de los mármoles labrados no ocultará tu muerte. No seremos dentro de poco ya, ni estos dorados cortinajes, las vívidas hogueras, el carmesí arrugado tras la danza ni el líquido destello de las gemas en los rubios cabellos, tras el baño. Proclaman en el llano azul los fresnos el baño de las ninfas. Un tropel de centauros te cerca. Todos estos brillantes candeleros y telas han de prevalecer sobre nosotros, quizá será la muerte la única certeza que nos ha sido dado alzar sobre la tierra, escuchad cómo rasga una hoja lentísima los tapices del palio, cómo se desvanecen esos versos unidos a la música, cómo la proa del     Buccentoro, sumergiendo en el agua los flecos amarillos, s...

Funeral en Viana

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Álvaro Mutis, Los emisarios (1984) Hoy entierran en la iglesia de Santa María de Viana a César, Duque de Valentinois. Preside el duelo su cuñado Juan de Albret, Rey de Navarra. En el estrecho ámbito de la iglesia de altas naves de un gótico tardío, se amontonan prelados y hombres de armas. Un olor a cirio, a rancio sudor, a correajes y arreos de milicia, flota denso en la lluviosa madrugada. Las voces de los monjes llegan desde el coro con una cristalina serenidad sin tiempo: Parce mihi, Domine, nihil enim sunt dies mei. Quid est homo, quia magnificas eum? Aut quid apponis erga eum cor tuum? César yace en actitud de leve asombro, de incómoda espera. El rostro lastimado por los cascos de su propio caballo conserva aún ese gesto de rechazo cortés, de fuerza contenida, de vago fastidio, que en vida le valió tantos enemigos. La boca cerrada con firmeza parece detener a flor de labio una airada maldición castrense. Las manos perfiladas y...

El Cardenal Bembo escribe a Lucrecia Borgia

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Luis Antonio de Villena, Sublime solarium (1971) Carpe diem quam minimam credula postero HORACIO Chi vuol esser lieto sia: di doman non c'è certezza LORENZO DE MEDICI Tormenta de rubí, cristal o seno, una diosa atraviesa el ancho espacio, y siente el labio aromas de topacio, cortinas luengas, dulce desenfreno. Combatir no es posible el viento pleno que del desierto trae raudo o despacio, la arena o rosas que con paso lacio el collar cumple al final de tu veneno. Acepta, pues, y omite la costumbre, estatua juzga el resto de tus días y el jade de tus labios da a la lumbre. No pienses en más islas apacibles, la copa y los perfumes en que fías todo ya es. Lo demás son imposibles. Frank Cadogan Cowper, Vanity (1907)

El Altísimo Juan Sforza compone unos loores a su dama mientras César Borgia marcha sobre Pésaro

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Guillermo Carnero, Dibujo de la muerte (1967) La gama de los grises y de los rosas pálidos sosiega en la penumbra nuestro ojos, que han visto tanta muerte. Culebrinas, arietes, pavos reales, fuegos de artificio acarician los muros. Entre las arpas gira un contenido vendaval de amor. Eternamente jóvenes, esos cuerpos de niños o de diosas no en el jardín, no expuestos al fuego y a la nieve y al hierro de la lanza, sino cálidamente abrigados aquí, en el delgado aroma del marfil, no devueltos al ciclo, a la vorágine de lo que vive y muere. No en el aire que sacude la pólvora sino en esta penumbra, entre un rescoldo helado de rubíes. Máscaras no corrompen el finísimo brillo de las carnes de mármol. Eternamente       jóvenes, eternamente vivos, eternamente vivos como en el primer día      debajo de la máscara, y ni fuego ni muerte ni curso de las horas habitarán jamás este salón. Sandro Botticelli, La calunnia (1494)