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Fausto, gladiador*

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Fernando Quiñones, Las crónicas de Hispania (1985) Supo calarme el hierro. Sin hablar, tal vez compasivos, junto a jergón donde yazgo hombres callados -¿quiénes?- me contemplan y, aunque enrojezca al muro el poniente de Córdoba me encuentro en mis mañanas de Alejandría, calles y arenas de la juventud, columnas en hilera bajo el mar soleado, seco salor caliente de las barcas. Todo el tiempo es un día , y de los breves. A treinticinco años llegué; duchos para el oficio de divertir matando, muriendo. Apenas veo ahora, crece el fuego de mi costado y se me aleja deprisa el mundo: agradezco estos dones; aquel Cerintho agonizó hasta el alba, no le acerté de lleno. Yo estoy corriendo más ligera suerte. *Córdoba ha dado numerosas inscripciones dedicadas a gladiadores. En el siglo I, el llamado Fausto fue gladiador murmillo, de los que combatían con casco adornado por un pez, y con espada, escudo y defensas en las piernas. Natural de Alejandría, peleó en las arenas do...

Constantino Cavafis

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Ramón Irigoyen, Cielos e inviernos (1979) Alejandría es un bazar alegre de lujuria pero también Cavafis tiene que trabajar veis la desgana con que marcha al Ministerio pero ya ha terminado la jornada reparad ahora en sus andares al volver del trabajo casi trota y una sonrisa se insinúa en su rostro el aire es un alivio de jazmines los muchachos huelen a sol como la tarde sabe a frutas y el Poeta se acuerda de unos ojos (μή μοῡ φιλᾶς τ ἁ  μ ἀ τια, ποῡ εἶναι χωρισμός) de unos ojos amigos de la noche más azules que el lago Mareotis ojos maravillosos de muchacho amado en las arenas de un  verano lejano y al recordarlos siente sed y entra en el café de al lado y al sentarse en la mesa de todos los días oye los ruiseñores inmortales de Heráclito y Calímaco le invita a un zumo de naranja y el Poeta le habla de los amores grasientos de los burdeles y ahora hasta el zumbido de las moscas es música y el Poeta baila borracho hasta la madrugada porque m...

Alejandría, 641 AD*

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Jorge Luis Borges, La historia de la noche (1977) Desde el primer Adán que vio la noche y el día y la figura de su mano, fabularon los hombres y fijaron en piedra o en metal o en pergamino cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño. Aquí está su labor: la Biblioteca. Dicen que los volúmenes que abarca dejan atrás la cifra de los astros o de las arenas del desierto. El hombre que quisiera agotarla perdería la razón y los ojos temerarios. Aquí la gran memoria de los siglos que fueron, las espadas y los héroes, los lacónicos símbolos del álgebra, el saber que sondea los planetas que rigen el destino, las virtudes de hierbas y marfiles talismánicos, el verso en que perdura la caricia, la ciencia que descifra el solitario laberinto de Dios, la teología, la alquimia que en el barro busca el oro y las figuraciones del idólatra. Declaran los infieles que si ardiera, ardería la historia. Se equivocan. Las vigilias humanas engendraron los infinitos libros. Si de todos n...