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El anciano Constantino de Alejandría recoge las cenizas de su juventud

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Juan Vicente Piqueras en Márgenes 1-2 (1980) " cuando los labios y la piel recuerdan " A esta ciudad de Istanbul inmensa como la gloria que conocieron sus muros, hermosa como la juventud que contemplé y me contemplaron, a este bar -precisamente a éste-, a este vino, acudo ciegamente a remover mi herida, palabras y penumbras donde falta el consuelo, palabras y penumbras solas y entristecidas. Solo, a esta mesa desvencijada y sucia acuden los destellos lujuriosos que otras manos de luz en mi piel concertaron, para que en esta noche me sea dado amarlas y sentir en mi carne, ya marchita, la ausencia de mi vida y de su tacto que la moral cristiana condenara. Me duele el pensamiento. Me vence la verdad. Y me ocupa el dolor por los días perdidos, mientras el mar respira a través de mis manos. En este bar pequeño de esta inmensa Istanbul para acabar mis días lanzo un ruego a los dioses: Ya que mi cuerpo ha sido, cuando joven y hermoso, olvidadizo, inepto,...

El invierno de la Edad Media

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Luis Antonio de Villena, Asuntos de delirio (1996) Desaté tus sandalías y te besé los pies. Fríos, estaban fríos y hermosamente rojos de la nieve. Tumbados junto a un fuego de encina, entre el olor vegetal y cálido del mundo, oíamos a los monjes cantar salmos, muy oscuramente... ¡Tu cuerpo hermoso! ¡Cómo besé tu cuerpo, tan blanco, dulce y fuerte, mientras te entredormías! Tragué tu sexo entero. No podía olvidar que caminábamos juntos, flagelantes, hacia el perdón y hacia la penitencia... El silencio parecía un gigante y el rezo de los monjes el retumbe de un barco en la galerna No sé si me decías: ¿Estamos ya cerca del final de los tiempos? Tu dulce cuerpo tan recio me parecía dulce. Dulces frío tus pies. Dulce tu axila. Tu cuerpo erecto allí. No sé adónde íbamos. Era el más duro invierno. La nieve más profunda. Y la voz de los monjes retumbaba en la piedra. La música- dijiste- la música... Tus labios eran rosas, suavemente rojos como tu dulce cuerpo... Her...

Amor en Agrigento

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Francisco Brines, Palabras a la oscuridad (1966) (Empédocles en Akragas) Es la hora del regreso de las cosas, cuando el campo y el mar se cubren de una sombra lenta y los templos se desvanecen, foscos, en el espacio; tiemblan mis pasos en esta isla misteriosa. Yo te recuerdo, con más hermosura tú que las divinidades que aquí fueron adoradas; con más espíritu tú, pues que vives. Hay una angustia en el corazón porque te ama, y estas viejas columnas nada explican: Unos ardientes ojos, cierta vez, miraron esta tierra y descubrieron orígenes diversos en las cosas, y advirtieron que espíritus opuestos los enlazaban para que hubiese cambio, y así explicar la vida. Esta tarde, con los ojos profundos, he descubierto la intimidad del mundo: Con sólo aquel principio, el que albergaba el pecho, extendí la mirada sobre el valle; mas pide el universo para existir el odio y el dolor, pues al mirar el movimiento creado de las cosas las vi que, en un momento, se extinguían, y...

Constantino Cavafis

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Ramón Irigoyen, Cielos e inviernos (1979) Alejandría es un bazar alegre de lujuria pero también Cavafis tiene que trabajar veis la desgana con que marcha al Ministerio pero ya ha terminado la jornada reparad ahora en sus andares al volver del trabajo casi trota y una sonrisa se insinúa en su rostro el aire es un alivio de jazmines los muchachos huelen a sol como la tarde sabe a frutas y el Poeta se acuerda de unos ojos (μή μοῡ φιλᾶς τ ἁ  μ ἀ τια, ποῡ εἶναι χωρισμός) de unos ojos amigos de la noche más azules que el lago Mareotis ojos maravillosos de muchacho amado en las arenas de un  verano lejano y al recordarlos siente sed y entra en el café de al lado y al sentarse en la mesa de todos los días oye los ruiseñores inmortales de Heráclito y Calímaco le invita a un zumo de naranja y el Poeta le habla de los amores grasientos de los burdeles y ahora hasta el zumbido de las moscas es música y el Poeta baila borracho hasta la madrugada porque m...