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Mostrando las entradas etiquetadas como final del mundo

Una ética del renunciamiento

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Luis Antonio de Villena, Hymnica (1979) Quedan atrás los incendios y el desorden del saqueo, la plata por las calles, los cuadros destrozados, las muertes inútiles y cruentas, como siempre. La festiva Roma que ahora (y por largo tiempo) será una ciudad severa, inquisitorial, bajo la norma de una fe española. Delante estarán, quizá, los brazos bien dispuestos de Venecia. El clérigo español que se divertía por las calles alegres de Roma, que se sintió vivir en brazos de mujeres mercenarias, que escogió los vinos de sus cenas, dilapidó fortuna entre libros, doncellas ‒cosidas‒ y amancebados garzones, el que padeció sífilis y amor, y leyó el viejo latín y los latines nuevos, el autor de La Lozana Andaluza , obra del triunfo de la vida (que para publicarse ahora necesitaría un epílogo moral, lleno de cruces y detracciones), camino de la República de Venecia, piensa en sus compatriotas. A él poco se le ha perdido con esa gente, que cree en reglas de monasterio, desama lo h...

Adolescentes apoyando el hombro en las columnas

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Luis Antonio de Villena, Desequilibrios (2003) Somos paganos. El dios ensangrentado no nos quiere. O quizá no nos quieren sus seguidores -tantos, en efecto- que son de hierro puro y en el corazón esgrimen púas y espadas... Los bellos dioses desnudos (pues trabajamos en las termas) son amigos de nuestras manos y muslos. Apolo de seda, de carmín Narciso, Jacinto de pies delicados... Buscan demoler sus estatuas y a veces (los del crucificado) nos insultan por la calle... ¿Por qué buscar más penitencia a la penitencia que en la vida habita? ¿Por qué cenizas si es tan dulce el mar? ¿Por qué contra el beso, si tan grato como el aura es besar a otro amigo? Aulo llevaba sandalias doradas y desnudas las piernas. Anoche lo dejaron malherido junto a la Puerta Salaria. ¿Qué haremos cuando reine su dios ensangrentado y duro? ¿Merecerá la vida nuestros ojos, esa tan pobre vida? ¿Y nuestros labios, los merecerá una vida sin cuerpos? Gustave Doré, Saint Paul à...

El invierno de la Edad Media

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Luis Antonio de Villena, Asuntos de delirio (1996) Desaté tus sandalías y te besé los pies. Fríos, estaban fríos y hermosamente rojos de la nieve. Tumbados junto a un fuego de encina, entre el olor vegetal y cálido del mundo, oíamos a los monjes cantar salmos, muy oscuramente... ¡Tu cuerpo hermoso! ¡Cómo besé tu cuerpo, tan blanco, dulce y fuerte, mientras te entredormías! Tragué tu sexo entero. No podía olvidar que caminábamos juntos, flagelantes, hacia el perdón y hacia la penitencia... El silencio parecía un gigante y el rezo de los monjes el retumbe de un barco en la galerna No sé si me decías: ¿Estamos ya cerca del final de los tiempos? Tu dulce cuerpo tan recio me parecía dulce. Dulces frío tus pies. Dulce tu axila. Tu cuerpo erecto allí. No sé adónde íbamos. Era el más duro invierno. La nieve más profunda. Y la voz de los monjes retumbaba en la piedra. La música- dijiste- la música... Tus labios eran rosas, suavemente rojos como tu dulce cuerpo... Her...

Invasión de los bárbaros

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José María Álvarez, La Edad de Oro (1983)  Pasaron los reinos que fundaron hombres que venían del mar. Y los templos son polvo. Reyes y sacerdotes, vencedores y esclavos, y sus Dioses, se confunden con el polvo. Pasaron los grandes emperadores  que tuvieron en su mano el mundo. Pompeyo y César, Augusto, y Tiberio y Nerón, y el magnífico Trajano y Marco Aurelio. Pasaron sus triunfos y derrotas y su gloria. Como el viento sobre las aguas. Y la ciudad olvidó. Así pasarán éstos que ahora asolan sus piedras, y pasarán sus hijos y nosotros que contra ellos nos levantamos. Los mismos pájaros roerán los huesos. Y la ciudad olvidará. Pero yo no quiero ver otro mundo. Mi alma pertenece al legado de Roma. Le Sac de Rome par les barbares en 410 (1890), Joseph-Noël Sylvestre.

Constantinopla. Año 1453

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Juan Luis Panero, Galería de fantasmas (1988) Olor acre de axilas depiladas, de perfume pasado de rosas, de estiércol pisoteado de caballos. Sé, me lo han contado, que las murallas de la ciudad ya no pueden resistir al infiel. Todas las defensas han fracasado. El pobre emperador, nuestro bien amado Constantino XI, intenta inútilmente salvar la ciudad de su nombre, pactar con el enemigo, firmar desesperados tratados de paz. Pero todo, lo sé, es completamente inútil. Escucho griterío de mujeres, carreras enloquecidas, golpes de puertas, aullidos de la soldadesca, mandobles y agonías, eructos de borrachos. Aún podría escapar, ocultarme en el húmedo sótano disimulado, como aquella otra vez. Pero ahora todo está perdido. Sé bien que esto es el fin. Salgo a la calle, maldiciones, estruendo, sollozos, humo pestilente. En la hoja, con gotas de sangre, de un alfanje afilado, miro, tercamente, por última vez, el rostro de este pobre pecador abandonado. Entrée d...