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Mostrando las entradas etiquetadas como Edad Media

El poeta y la muerte

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Juan Luis Panero, Galería de fantasmas (1988) Y aunque la vida murió, nos dejó harto consuelo su memoria Jorge Manrique Si como afirma Borges todos los hombres son el mismo hombre, aurora y agonía, y poco importan sus nombres y sus rasgos, yo quisiera olvidando la anécdota banal de mi destino buscar en otro rostro a ese único hombre, otra sombra, otro sueño mejor, igualmente perdido. Un caballero dispone sus armas, sus escuderos ajustan la armadura, se coloca el yelmo, sujeta con firmeza el escudo, la luz de la mañana es un reflejo metálico del sol, el tiempo se ha detenido en las gualdrapas del camino. Todo esto ocurre en 1479 y aún sigue ocurriendo frente a las almenas del castillo de Garci-Muñoz. El caballero blande su espada en defensa de su lealtad y de su reina, aún no sabe que su destino termina allí, en el campo de Calatrava, que no verá otro día. Entre rasgar de flechas y cascos de caballos, oliendo a tierra seca y sangre sucia, quizá recuerde ...

Ziryâb. El mágico cantor de Oriente (fragmento)

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Sergio Macías Brevis, Ziryâb. El mágico cantor de Oriente (2010) Las aguas del Tigris deslumbran de luz. Un aroma de azahares cubre el antiguo paisaje iluminado de mariposas que se equilibran sobre las flores. Entre higueras y naranjos un músico tañe las cuerdas que desatan la alegría de los pájaros sobre el alféizar del horizonte. Los sonidos del laúd y la dulzura de su voz silencian el ritmo de los arroyos que hacen danzar a hojas y nubes. Se llama Abu I-Hasan el que esculpe la música en el corazón, mientras los rayos del sol atraviesan las soledades de las uvas. Se silencian las cigarras. Las alas de la luz disipan las sombras de la muerte. Y las almas se embriagan con sus canciones cristalinas. Con la llamada del muecín queda absorto en la oración. Escucha la voz profunda de Allah: -Premio tu voz y perseverancia. Tus melodías trascenderán y darán armonía al mundo.- Pensó que había sido un sueño y guardó el mágico secreto en su alma, dejando caer conmovid...

Cuarteta

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Jorge Luis Borges, "Museo", El hacedor (1960) Murieron otros, pero ello aconteció en el pasado, que es la estación (nadie lo ignora) más propicia a la muerte. ¿Es posible que yo, súbdito de Yaqub Almansur, muera como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles? Del Diván de Almotásim el Magrebí (siglo XII) Imagen desconocida. En algunas páginas web, la asocian al teólogo sufí del siglo XIV Ibn Abbad al-Rundi y, en otras, al rey poeta de Sevilla Muhammad ibn Abbad al Mu'tamid, quien vivió en el siglo XI. Parece una miniatura persa. 

Nocturno en Al-Mansurâh

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Álvaro Mutis, Un homenaje y siete nocturnos (1987) Beau Sire Dieu, gardez moi ma gent . San Luis Rey en Bar-al-Seghir Tendido en un jergón de la humilde morada del escriba Fakhr-el-Din, Luis de Francia, noveno de su nombre, ausculta la noche del delta. Los pies descalzos de los centinelas pisan el polvo del desierto que llega con el viento. Insomne, el prisionero ha vigilado paso a paso la invasión de las sombras. Los más leves susurros se han ido apagando hasta dejarlo inmerso en el ámbito de tinieblas que palpitan en un aleteo de lienzos sin límites. Reza el Rey y pide a Dios que tenga clemencia de su gente ahora que todo ha terminado. Un sordo dolor corroe su vigilia. Por virtud de la encendida palabra del Rey Santo, caballeros y siervos burgueses y campesinos, gentes de a pie y de a caballo, acudieron de todos los rincones de Francia. Ahora quedan en el campo, ración para los buitres, o gimen en las galeras del infiel. Sólo algunos grupos en derrota consigu...

El enemigo generoso

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Jorge Luis Borges, "Museo",  El hacedor  (1960) Magnus Barford, en el año 1102, emprendió la conquista general de los reinos de Irlanda; se dice que en la víspera de su muerte recibió este saludo de Muirchertach, rey de Dublín. Que en tus ejércitos militen el oro y la tempestad, Magnus Barford. Que mañana, en los campos de mi reino, sea feliz tu batalla. Que tus manos de rey tejan terribles la tela de la espada. Que sean alimento del cisne rojo los que se oponen a tu espada. Que te sacien de gloria tus muchos dioses, que te sacien de sangre. Que seas victorioso en la aurora rey que pisas a Irlanda. Que de tus muchos días ninguno brille como el día de mañana. Porque ese día será el último. Te lo juro, rey Magnus. Porque antes que se borre su luz, te venceré, te borraré Magnus Barford. De Anhang zur Heimskringla   de H. Gering, 1893 Morris Meredith Williams, King Magnus in the March at Downpatrick ...

El invierno de la Edad Media

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Luis Antonio de Villena, Asuntos de delirio (1996) Desaté tus sandalías y te besé los pies. Fríos, estaban fríos y hermosamente rojos de la nieve. Tumbados junto a un fuego de encina, entre el olor vegetal y cálido del mundo, oíamos a los monjes cantar salmos, muy oscuramente... ¡Tu cuerpo hermoso! ¡Cómo besé tu cuerpo, tan blanco, dulce y fuerte, mientras te entredormías! Tragué tu sexo entero. No podía olvidar que caminábamos juntos, flagelantes, hacia el perdón y hacia la penitencia... El silencio parecía un gigante y el rezo de los monjes el retumbe de un barco en la galerna No sé si me decías: ¿Estamos ya cerca del final de los tiempos? Tu dulce cuerpo tan recio me parecía dulce. Dulces frío tus pies. Dulce tu axila. Tu cuerpo erecto allí. No sé adónde íbamos. Era el más duro invierno. La nieve más profunda. Y la voz de los monjes retumbaba en la piedra. La música- dijiste- la música... Tus labios eran rosas, suavemente rojos como tu dulce cuerpo... Her...

Casa de un comerciante en Ultraiectum, siglo VII dC

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Guillermo Carnero, Poemas arqueológicos (2003) Vivo en un lodazal donde gruñen los cerdos y el humo ofende la quietud del aire. Fui una vez a Tréveris, y donde se cargaban las carretas camino de los hornos de cal recogí el torso alado de un dios ciego. Me ayuda a despreciar a esta mugrienta tribu de pastores: sueño que llegué al Sur y estuve en Roma. Sir Lawrence Alma-Tadema, Among the Ruins (1902-1904)

Constantinopla. Año 1453

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Juan Luis Panero, Galería de fantasmas (1988) Olor acre de axilas depiladas, de perfume pasado de rosas, de estiércol pisoteado de caballos. Sé, me lo han contado, que las murallas de la ciudad ya no pueden resistir al infiel. Todas las defensas han fracasado. El pobre emperador, nuestro bien amado Constantino XI, intenta inútilmente salvar la ciudad de su nombre, pactar con el enemigo, firmar desesperados tratados de paz. Pero todo, lo sé, es completamente inútil. Escucho griterío de mujeres, carreras enloquecidas, golpes de puertas, aullidos de la soldadesca, mandobles y agonías, eructos de borrachos. Aún podría escapar, ocultarme en el húmedo sótano disimulado, como aquella otra vez. Pero ahora todo está perdido. Sé bien que esto es el fin. Salgo a la calle, maldiciones, estruendo, sollozos, humo pestilente. En la hoja, con gotas de sangre, de un alfanje afilado, miro, tercamente, por última vez, el rostro de este pobre pecador abandonado. Entrée d...

Alejandría, 641 AD*

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Jorge Luis Borges, La historia de la noche (1977) Desde el primer Adán que vio la noche y el día y la figura de su mano, fabularon los hombres y fijaron en piedra o en metal o en pergamino cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño. Aquí está su labor: la Biblioteca. Dicen que los volúmenes que abarca dejan atrás la cifra de los astros o de las arenas del desierto. El hombre que quisiera agotarla perdería la razón y los ojos temerarios. Aquí la gran memoria de los siglos que fueron, las espadas y los héroes, los lacónicos símbolos del álgebra, el saber que sondea los planetas que rigen el destino, las virtudes de hierbas y marfiles talismánicos, el verso en que perdura la caricia, la ciencia que descifra el solitario laberinto de Dios, la teología, la alquimia que en el barro busca el oro y las figuraciones del idólatra. Declaran los infieles que si ardiera, ardería la historia. Se equivocan. Las vigilias humanas engendraron los infinitos libros. Si de todos n...

Clérigo vagante

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Luis Antonio de Villena, El viaje a Bizancio (1972-1974) Andando entre la nieve de góticos aromas, por los largos caminos de la ancha Europa, entre catedrales y villas de sombra alargada, va un hombre mal vestido, de mirada profunda. Ha leído a Ovidio, latines y bestiarios. Bebido tal vez de todos los vinos de la tierra. Fornicado y amado en tabernas y burdeles con mujeres sin historia y damas de leyenda. Sabe que la vida es sólo un extraño hilván de cosas inconexas: placeres y dolores, ebriedad y miseria, libros y oro. No hay final o el final nadie lo sabe. Andando entre la nieve, feliz y beodo, acaso echado fuera de una casa noble, masca versos latinos, camino de ninguna parte el viejo Archipoeta, clérigo en Colonia. Homo videt faciem, sed cor patet Iovi. No hay final o el final nadie lo sabe Het Luilekkerland (1567), Pieter Brueghel El viejo

Arte Poética*

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Fernando Quiñones, Las crónicas inglesas (1980) Una noche, el viejo Caedmón, aquel que siempre se avergonzaba y rechazaba el arpa, al llegarle su turno de cantar, dejó la mesa, se fue a dormir a los establos para cuidar de las caballerías y en su sueño le dijo un hombre: "Cántame alguna cosa" "No sé cantar, por eso vine aquí" "Cantarás − le instó el otro − voy a decirte qué: el origen del mundo" Caedmón cantó y no sabía qué iba diciendo, nunca oyera hablar de aquello que nombraba, pero cantó y cantó entre el áspero olor de los caballos y el vaho acuchillado por el frío, y al despertar recordó el tema: la creación del mundo. Nunca llegó a leer. Los monjes de Hild le referían pasajes de los libros antiguos y Caedmón los rumiaba como un limpio animal y los hacía verso. Cantó así la venida del hombre, miles de nacimientos, de agonías, las migraciones, el Mar Rojo, hasta Cristo y sus enseñanzas antes de que la Iglesia las ajase. Así ...