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Una ética del renunciamiento

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Luis Antonio de Villena, Hymnica (1979) Quedan atrás los incendios y el desorden del saqueo, la plata por las calles, los cuadros destrozados, las muertes inútiles y cruentas, como siempre. La festiva Roma que ahora (y por largo tiempo) será una ciudad severa, inquisitorial, bajo la norma de una fe española. Delante estarán, quizá, los brazos bien dispuestos de Venecia. El clérigo español que se divertía por las calles alegres de Roma, que se sintió vivir en brazos de mujeres mercenarias, que escogió los vinos de sus cenas, dilapidó fortuna entre libros, doncellas ‒cosidas‒ y amancebados garzones, el que padeció sífilis y amor, y leyó el viejo latín y los latines nuevos, el autor de La Lozana Andaluza , obra del triunfo de la vida (que para publicarse ahora necesitaría un epílogo moral, lleno de cruces y detracciones), camino de la República de Venecia, piensa en sus compatriotas. A él poco se le ha perdido con esa gente, que cree en reglas de monasterio, desama lo h...

El dios abandona a Antonio

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José María Álvarez, Museo de cera (1975) " Que ningún otro entusiasmo sino por la virtud y el arte  brille en mis ojos, y que dueño de él yo me regocije  con lira, baile y canto, y goce un corazón honrado en compañía de los hombres de bien ." Teognis Cuando de pronto a media noche oigas esa música que entierra tu fortuna,                                               y más allá de las murallas, las enseñas de Octavio, el acre olor de los conquistadores                                         -Pide a tu esclava más vino. Mira esa copa donde mañana él beberá, la ciudad que ha de glorificar su paso como antes el tuyo,                               ...

Nocturno en Al-Mansurâh

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Álvaro Mutis, Un homenaje y siete nocturnos (1987) Beau Sire Dieu, gardez moi ma gent . San Luis Rey en Bar-al-Seghir Tendido en un jergón de la humilde morada del escriba Fakhr-el-Din, Luis de Francia, noveno de su nombre, ausculta la noche del delta. Los pies descalzos de los centinelas pisan el polvo del desierto que llega con el viento. Insomne, el prisionero ha vigilado paso a paso la invasión de las sombras. Los más leves susurros se han ido apagando hasta dejarlo inmerso en el ámbito de tinieblas que palpitan en un aleteo de lienzos sin límites. Reza el Rey y pide a Dios que tenga clemencia de su gente ahora que todo ha terminado. Un sordo dolor corroe su vigilia. Por virtud de la encendida palabra del Rey Santo, caballeros y siervos burgueses y campesinos, gentes de a pie y de a caballo, acudieron de todos los rincones de Francia. Ahora quedan en el campo, ración para los buitres, o gimen en las galeras del infiel. Sólo algunos grupos en derrota consigu...