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Muerte de Ziryab*

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Fernando Quiñones, Ben Jaqan (1973) Ahora blanqueará este Pájaro Negro que os trajo la nueva vieja música, las artes de la ropa, la mesa, amables pautas en la insensible lepra de los días. Adiós. Nadie ha de lamentarlo: dos mil años, no ya sesenta y ocho, también me hubieran sido breves entre vosotros y me voy sin llegar a medir ni agradecer cuanto aquí se me deparara, el exaltado o apacible rielar de horas más vivas que el turquí junto al blanco del pichón o que el ciego, vedado beso que enajena y consume la piel donde se ahínca. Hay algo, sin embargo que, sobre la justicia de que no llegue a ver el día de mañana, grita, se desespera y pugna por borraros y por borrar cuanto me disteis y os di, y mirarme otra vez huyendo de Bagdad sin saber para dónde, o incluso antes, en la hambrienta niñez y las arenas gastadas de mi pueblo. Tal, el desatinado, el descortés, risible anhelo de seguir que me posee. Perdón en fin por tan llorosa, más bien tosca despedida del...

Manuscrito de Tlatelolco: I Lectura de los "Cantares mexicanos"

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José Emilio Pacheco, No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) (Con los textos traducidos del náhuatl por Ángel María Garibay y Miguel León Portilla) Cuando todos se hallaban reunidos, los hombres en armas de guerra cerraron salidas, entradas y pasos. Entonces se oyó el estruendo, entonces se alzaron los gritos. Los maridos buscaban a sus mujeres. Llevaban en brazos a sus hijos pequeños. Con perfidia fueron muertos. Sin saberlo murieron. Y el olor de la sangre manchaba el aire. Y los padres y madres alzaban el llanto. Fueron llorados. Se lloró por los muertos. Los mexicanos estaban muy temerosos. Miedo y vergüenza los dominaban. Y todo esto pasó con nosotros. Con esta lamentable y triste suerte nos vimos angustiados. En los caminos yacen dardos rotos. Las casas están destechadas. Enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por las calles y plazas. Golpeamos los muros de adobe y es nuestra herencia una red de agujeros...

Día de 1927: estampa invernal

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José María Álvarez, Museo de cera (1989) " Esos reyes poderosos que vemos por escripturas ya pasadas " JORGE MANRIQUE  " El derrumbamiento de algo tan grande debió haber producido mayor conmoción " WILLIAM SHAKESPEARE " Es deuda general, no sólo mía, más de cualquier ingenio peregrino que celebra lo digno de memoria " GARCILASO DE LA VEGA A Inmaculada de Habsburgo Fue -dicen- un día frío, desapacible. Las filas de soldados formaban hacía horas bajo el viento cubriendo la carrera de Laeken. Cuando las puertas del castillo de Bouchot se abrieron, en la helada solemnidad de los antiguos árboles, lentamente avanzó un fúnebre cortejo.               Soldado alguno de aquellas formaciones recordaban la historia de la dama a quien rendían honores en la muerte. Y el último latido de los viejos Imperios, Miramar, el destino que llevara a tan alta señora y a Maximiliano más allá de los mares, ni siquiera...

Fragmentos de una tablilla de barro descifrada por Edmund Bishop en 1867

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Jorge Luis Borges, Los conjurados (1985) ... Es la hora sin sombra. Melkart el Dios rige desde la cumbre del mediodía el mar de Cartago. Aníbal es la espada de Melkart. Las tres fanegas de anillos de oro de los romanos que perecieron en Apulia, seis veces mil, han arribado al puerto. Cuando el otoño esté en los racimos habré dictado el verso final. Alabado sea Baal, Dios de los muchos cielos, alabada sea Tanith, la cara de Baal, que dieron la victoria a Cartago y que me hicieron heredar la vasta lengua púnica, que será la lengua del orbe, y cuyos caracteres son talismánicos. No he muerto en la batalla como mis hijos, que fueron capitanes en la batalla y que no enterraré, pero a lo largo de las noches he labrado el cantar de las dos guerras y de la exultación. Nuestro es el mar. ¿Qué saben los romanos del mar? Tiemblan los mármoles de Roma; han oído el rumor de los elefantes de guerra. Al fin de quebrantados convenios y de mentirosas palabras, hemos...

Adolescentes apoyando el hombro en las columnas

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Luis Antonio de Villena, Desequilibrios (2003) Somos paganos. El dios ensangrentado no nos quiere. O quizá no nos quieren sus seguidores -tantos, en efecto- que son de hierro puro y en el corazón esgrimen púas y espadas... Los bellos dioses desnudos (pues trabajamos en las termas) son amigos de nuestras manos y muslos. Apolo de seda, de carmín Narciso, Jacinto de pies delicados... Buscan demoler sus estatuas y a veces (los del crucificado) nos insultan por la calle... ¿Por qué buscar más penitencia a la penitencia que en la vida habita? ¿Por qué cenizas si es tan dulce el mar? ¿Por qué contra el beso, si tan grato como el aura es besar a otro amigo? Aulo llevaba sandalias doradas y desnudas las piernas. Anoche lo dejaron malherido junto a la Puerta Salaria. ¿Qué haremos cuando reine su dios ensangrentado y duro? ¿Merecerá la vida nuestros ojos, esa tan pobre vida? ¿Y nuestros labios, los merecerá una vida sin cuerpos? Gustave Doré, Saint Paul à...

El poeta y la muerte

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Juan Luis Panero, Galería de fantasmas (1988) Y aunque la vida murió, nos dejó harto consuelo su memoria Jorge Manrique Si como afirma Borges todos los hombres son el mismo hombre, aurora y agonía, y poco importan sus nombres y sus rasgos, yo quisiera olvidando la anécdota banal de mi destino buscar en otro rostro a ese único hombre, otra sombra, otro sueño mejor, igualmente perdido. Un caballero dispone sus armas, sus escuderos ajustan la armadura, se coloca el yelmo, sujeta con firmeza el escudo, la luz de la mañana es un reflejo metálico del sol, el tiempo se ha detenido en las gualdrapas del camino. Todo esto ocurre en 1479 y aún sigue ocurriendo frente a las almenas del castillo de Garci-Muñoz. El caballero blande su espada en defensa de su lealtad y de su reina, aún no sabe que su destino termina allí, en el campo de Calatrava, que no verá otro día. Entre rasgar de flechas y cascos de caballos, oliendo a tierra seca y sangre sucia, quizá recuerde ...

Vida ejemplar: Meleagro

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José María Álvarez, Museo de cera (1983) Como en un espejo, en su mirada se reflejan esos alegres cuerpos que bailan alrededor del fuego. Hace ya mucho que este hombre sabe que la vida carece de sentido, que más allá de cierto respeto por sí mismo y por algunos de los otros, poco importa. Algunos ratos de lectura, sí, esas narraciones de las hazañas de los grandes; y los versos de unos cuantos poetas verdaderos. Algunas horas de conversación con un amigo. Pero esos cuerpos, ah, esos cuerpos que bailan alrededor del fuego. Alegres, jóvenes, excitantes. Alguno de ellos ya se ha estremecido entre sus brazos. Y esa que baila y ríe, allí, sí, esa morenita... no debe tener más de quince años. Qué poema no daría por gozarla esta noche en su cama. Llama con un gesto al copero, y mientras disfruta con el vino generoso contempla el esplendor del firmamento, le sonríe a la Luna. Es imposible saber qué expresa ahora su mirada. Muchas veces me ha dicho: Ella ta...