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Constantinopla. Año 1453

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Juan Luis Panero, Galería de fantasmas (1988) Olor acre de axilas depiladas, de perfume pasado de rosas, de estiércol pisoteado de caballos. Sé, me lo han contado, que las murallas de la ciudad ya no pueden resistir al infiel. Todas las defensas han fracasado. El pobre emperador, nuestro bien amado Constantino XI, intenta inútilmente salvar la ciudad de su nombre, pactar con el enemigo, firmar desesperados tratados de paz. Pero todo, lo sé, es completamente inútil. Escucho griterío de mujeres, carreras enloquecidas, golpes de puertas, aullidos de la soldadesca, mandobles y agonías, eructos de borrachos. Aún podría escapar, ocultarme en el húmedo sótano disimulado, como aquella otra vez. Pero ahora todo está perdido. Sé bien que esto es el fin. Salgo a la calle, maldiciones, estruendo, sollozos, humo pestilente. En la hoja, con gotas de sangre, de un alfanje afilado, miro, tercamente, por última vez, el rostro de este pobre pecador abandonado. Entrée d...

Alejandría, 641 AD*

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Jorge Luis Borges, La historia de la noche (1977) Desde el primer Adán que vio la noche y el día y la figura de su mano, fabularon los hombres y fijaron en piedra o en metal o en pergamino cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño. Aquí está su labor: la Biblioteca. Dicen que los volúmenes que abarca dejan atrás la cifra de los astros o de las arenas del desierto. El hombre que quisiera agotarla perdería la razón y los ojos temerarios. Aquí la gran memoria de los siglos que fueron, las espadas y los héroes, los lacónicos símbolos del álgebra, el saber que sondea los planetas que rigen el destino, las virtudes de hierbas y marfiles talismánicos, el verso en que perdura la caricia, la ciencia que descifra el solitario laberinto de Dios, la teología, la alquimia que en el barro busca el oro y las figuraciones del idólatra. Declaran los infieles que si ardiera, ardería la historia. Se equivocan. Las vigilias humanas engendraron los infinitos libros. Si de todos n...

Clérigo vagante

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Luis Antonio de Villena, El viaje a Bizancio (1972-1974) Andando entre la nieve de góticos aromas, por los largos caminos de la ancha Europa, entre catedrales y villas de sombra alargada, va un hombre mal vestido, de mirada profunda. Ha leído a Ovidio, latines y bestiarios. Bebido tal vez de todos los vinos de la tierra. Fornicado y amado en tabernas y burdeles con mujeres sin historia y damas de leyenda. Sabe que la vida es sólo un extraño hilván de cosas inconexas: placeres y dolores, ebriedad y miseria, libros y oro. No hay final o el final nadie lo sabe. Andando entre la nieve, feliz y beodo, acaso echado fuera de una casa noble, masca versos latinos, camino de ninguna parte el viejo Archipoeta, clérigo en Colonia. Homo videt faciem, sed cor patet Iovi. No hay final o el final nadie lo sabe Het Luilekkerland (1567), Pieter Brueghel El viejo

Peligroso

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Jesús Aguado en  Litoral. Revista de la Poesía y el Pensamiento   no. 221-222. Cavafis  (1999) A muchos el estudio y la contemplación les vuelve débiles −soldados que se apoyan en sus lanzas para andar y no piensan ya nunca en el combate−, sin resistencia −cráteras en mil pedazos rotas por el simple portazo de un amante furioso−, fanáticos −se ahogan porque olvidan que el barco tiene velas y remos y un timón, y no sienten el viento, el oleaje, la voz de las estrellas gritándoles el rumbo−, monstruosos −son hidras de múltiples cabezas peligrosas en un cuerpo que sólo las sirve de soporte−, inútiles −anegan las viñas que debían regar−, injustos −son balanzas amañadas en días de mercado−, ciegos −si miran, sólo lo hacen con los ojos−. A muchos el estudio y la contemplación les hace analfabetos y les mustia los lotos de la carne. Pero no a mí, que sé −y es lo primero que aprendí− los saltos que hay que dar del placer a la sabiduría, qué abismos lo...

Arte Poética*

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Fernando Quiñones, Las crónicas inglesas (1980) Una noche, el viejo Caedmón, aquel que siempre se avergonzaba y rechazaba el arpa, al llegarle su turno de cantar, dejó la mesa, se fue a dormir a los establos para cuidar de las caballerías y en su sueño le dijo un hombre: "Cántame alguna cosa" "No sé cantar, por eso vine aquí" "Cantarás − le instó el otro − voy a decirte qué: el origen del mundo" Caedmón cantó y no sabía qué iba diciendo, nunca oyera hablar de aquello que nombraba, pero cantó y cantó entre el áspero olor de los caballos y el vaho acuchillado por el frío, y al despertar recordó el tema: la creación del mundo. Nunca llegó a leer. Los monjes de Hild le referían pasajes de los libros antiguos y Caedmón los rumiaba como un limpio animal y los hacía verso. Cantó así la venida del hombre, miles de nacimientos, de agonías, las migraciones, el Mar Rojo, hasta Cristo y sus enseñanzas antes de que la Iglesia las ajase. Así ...